viernes, 7 de febrero de 2025

Con amor a Lucy

Érase una vez una perrita, la más pequeña de su camada, que buscaba quién pudiera cuidarla.





No sé si fui la mejor elección, pero hice todo lo posible por merecerte.

Lucy, una caniche negra, la más pequeña de su camada, me la regalaron y la traté como a una bebé por mucho tiempo. La peinaba, la bañaba y hasta yo misma le recortaba el cabello. Siempre estaba a mi lado.

Ella sabía, como pocos, cómo calmarme. Cuando estuve al borde de un colapso nervioso por el miedo de perder a mi bebé, ella y su hermano Nano entraron, preocupados. Tú te acercaste y pusiste tu carita a mi lado. Lo recuerdo como si fuera ayer. Acariciarte fue lo mejor de mi vida.

Si la bebé lloraba, ella lloraba. No podía por nada del mundo descuidarla, siempre estabas al pendiente de que no le faltara nada.

Salir con la bebé significaba salir contigo también. Eras nuestra guardiana. A pesar de ser pequeña, te comportabas como una leona si un extraño o alguien con cara siniestra se acercaba. Nada te intimidaba.

¡Ay, mi Lucy! ¿Cómo no acordarme de cuando paseábamos con los niños? Tú, como siempre, queriendo ser la líder, marchando al frente. A pesar de tu elegancia al andar, sacabas tu lado travieso si alguien intentaba adelantarte.

Con el tiempo, perdiste la vista, y fue muy duro aceptar que estabas envejeciendo. Tu pelo se tornó cenizo y blanco, pero aún sentías y pedías cariño.

Cada vez que te bañaba, era una fiesta para ti. Se te olvidaba la edad y corrías por toda la casa con tal de mojar todo.

Toda la familia te amó y te sigue amando. Cuando llegó el momento de partir, Dios nos dio un mes más contigo. No comprendo cómo lo lograste... Diste un paseo más, renegaste con los cachorros de la casa una vez más, y todavía ladrabas al desconocido. Aunque ya no veías, sentías su presencia.

Un mes más… Si hubiera sabido que tenías fecha de partida, te habría aprovechado aún más. Pero así es la vida, nunca sabemos cuándo llegará el momento, solo estamos seguros de que en algún punto nos tocará.

Ese día te peiné y te peiné, mientras aún sentía caliente tu cuerpo. Cuando llegó la hora, te llevé al veterinario. Sabía que tu corazón estaba cansado. Después de tantas batallas que superaste como toda una campeona, tuvo que ser un tumor fulminante el que te dio el descanso.

Sé que si me hubieran dicho: "Haz esto y se salvará", lo habría hecho sin dudar. Pero escuchar las palabras: "Su corazón ya está cansado", me dejó en pausa… Solo atiné a abrazarte. Fue muy duro perderte, pero sé que gané un angelito que me cuida desde el cielo.

De ti aprendí el coraje para enfrentar las cosas, a entender que no estoy sola, a ser amorosa y, a veces, un poco traviesa. Aprendí que para ser feliz no se necesita nada más que el amor verdadero y que debo apreciar con ternura a quienes quiero cerca.

Aunque mi cabello también comience a llenarse de canas, como las tuyas, acepto que el paso del tiempo traerá alegrías y tristezas. Pero, al igual que tú, debo ser fuerte.

Ahora, en compañía de Misha, Señorita, Nana, Mia y tu amiga, la gata Malosa, sé que estarán juntas en un lugar donde todo es más tranquilo.

Hasta que nos volvamos a ver, mi pequeña. Te amo.




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